5 de abril de 2008
Llevado por 12 cuentos sin tiempo ni espacio
Prólogo
Porqué doce, porqué cuentos y porqué peregrinos
Los doce cuentos de este libro fueron escritos en el curso de los últimos dieciocho años. Antes de su forma actual, cinco de ellos fueron notas periodísticas y guiones de cine, y uno fue un serial de televisión. Otro lo conté hace quince años en una entrevista grabada, y el amigo a quien se lo conté lo transcribió y lo publicó, y ahora lo he vuelto a escribir a partir de esa versión. Ha sido una rara experiencia creativa que merece ser explicada, aunque sea para que los niños que quieren ser escritores cuando sean grandes sepan desde ahora qué insaciable y abrasivo es el vicio de escribir. La primera idea se me ocurrió a principios de la década de los setenta, a propósito de un sueño esclarecedor que tuve después de cinco años de vivir en Barcelona. Soñé que asistía a mi propio entierro, a pie, caminando entre un grupo de amigos vestidos de luto solemne, pero con un ánimo de fiesta. Todos parecíamos dichosos de estar juntos. Y yo más que nadie, por aquella grata oportunidad que me daba la muerte para estar con mis amigos de América Latina, los más antiguos, los más queridos, los que no veía desde hacía más tiempo. Al final de la ceremonia, cuando empezaron a irse, yo intenté acompañarlos, pero uno de ellos me hizo ver con una severidad terminante que para mí se había acabado la fiesta. "Eres el único que no puede irse" me dijo. Sólo entonces comprendí que morir es no estar nunca más con los amigos. No sé por qué, aquel sueño ejemplar lo interpreté como una toma de conciencia de mi identidad, y pensé que era un buen punto de partida para escribir sobre las cosas extrañas que les suceden a los latinoamericanos en Europa. Fue un hallazgo alentador, pues había terminado poco antes: El Otoño del Patriarca, que fue mi trabajo más arduo y azaroso, y no encontraba por dónde seguir. Durante unos dos años tomé notas de los temas que se me iban ocurriendo sin decidir todavía qué hacer con ellos. Como no tenía en casa una libreta de apuntes la noche en que resolví empezar, mis hijos me prestaron un cuaderno de escuela. Ellos mismos lo llevaban en sus morrales de libros en nuestros viajes frecuentes por temor de que se perdiera. Llegué a tener sesenta y cuatro temas anotados con tantos pormenores, que solo me faltaba escribirlos.Fue en México, a mi regreso de Barcelona, en 1974, donde se me hizo claro que este libro no debía ser una novela, como me pareció al principio, sino una colección de cuentos cortos, basados en hechos periodísticos pero redimidos de su condición mortal por la astucias de la poesía. Hasta entonces había escrito tres libros de cuentos. Sin embargo, ninguno de los tres estaba concebido y resuelto como un todo, sino que cada cuento era una pieza autónoma y ocasional. de modo que la escritura de los sesenta y cuatro podía ser una aventura fascinante si lograba escribirlos todos con un mismo trazo, y con una unidad interna de tono y de estilo que los hiciera inseparables en la memoria del lector.Los dos primeros -El rastro de tu sangre en la nieve y El verano feliz de la señora Forbes- los escribí en 1976, y los publiqué enseguida en suplementos literarios de varios países. No me tomé ni un día de reposo, pero a mitad del tercer cuento, que era por cierto el de mis funerales, sentí que estaba cansándome más que si fuera una novela. Lo mismo me ocurrió con el cuarto. Tanto, que no tuve aliento para terminarlos. Ahora sé por qué el esfuerzo de escribir un cuento corto es tan intenso como empezar una novela. Pues en el primer párrafo de una novela hay que definir todo: estructura, tono, estilo, ritmo, longitud, y a veces hasta el carácter de algún personaje. Lo demás es el placer de escribir, el más intimo y solitario que pueda imaginarse, y si uno no se queda corrigiendo el libro por el resto de la vida es porque el mismo rigor de fierro que hace falta para empezarlo se impone para terminarlo. El cuento, en cambio, no tiene principio ni fin: fragua o no fragua. Y si no fragua, la experiencia propia y la ajena enseñan que en la mayoría de las veces es más saludable empezarlo de nuevo por otro camino, o tirarlo a la basura. Alguien que no recuerdo lo dijo bien con una frase de consolación: "Un buen escritor se aprecia mejor por lo que rompe que por lo que publica". Es cierto que no rompí los borradores y las notas, pero hice algo peor: los eché al olvido.Recuerdo haber tenido el cuaderno sobre mi escritorio de México, náufrago en una borrasca de papeles, hasta 1978. Un día, buscando otra cosa, caí en la cuenta de que lo había perdido de vista desde hacía tiempo. No me importó. Pero cuando me convencí de que en realidad no estaba en la mesa sufrí un ataque de pánico. No quedó en la casa un rincón sin registrar a fondo. Removimos los muebles, desmontamos la biblioteca para estar seguros de que no se había caído detrás de los libros, y sometimos al servicio y a los amigos a inquisiciones imperdonables. Ni rastro. La única explicación posible -¿o plausible?- es que en algunos de los tantos exterminios de papeles que hago con frecuencia se fue el cuaderno para el cajón de la basura. Mi propia reacción me sorprendió: los temas que había olvidado durante casi cuatro años se me convirtieron en un asunto de honor. Tratando de recuperarlos a cualquier precio, en un trabajo tan arduo como escribirlos , logré reconstruir las notas de treinta. Como el mismo esfuerzo de recordarlos me sirvió de purga, fui eliminando sin corazón los que me parecieron insalvables, y quedaron dieciocho. Esta vez me animaba la determinación de seguir escribiéndolos sin pausa, pero pronto me di cuenta de que les había perdido el entusiasmo. Sin embargo, al contrario de lo que siempre les había aconsejado a los escritores nuevos, no los eché a la basura sino que volví a archivarlos. Por si acaso. Cuando empecé "Crónica de una muerte anunciada", en 1979 comprobé que en la pausas entre los dos libros perdía el hábito de escribir y cada vez me resultaba más difícil empezar de nuevo. Por eso, entre octubre de 1980 y marzo de 1984, me impuse la tarea de escribir una nota semanal en periódicos de diversos países, como disciplina para mantener el brazo caliente. Entonces se me ocurrió que mi conflicto con los apuntes del cuaderno seguía siendo un problema de géneros literarios y que en realidad no debían ser cuentos sino notas de prensa. Solo que después de publicar cinco notas tomadas del cuaderno, volvía a cambiar de opinión: eran mejores para el cine. Fue así como hicieron cinco películas y un serial de televisión.Lo que nunca preví fue que el trabajo de prensa y de cine me cambiaría ciertas ideas sobre los cuentos, hasta el punto de que al escribirlos ahora en su forma final he tenido que cuidarme de separar con pinzas mis propias ideas de las que me aportaron los directores durante la escritura de los guiones. Además, la colaboración simultánea con cinco creadores diversos me sugirió otro método para escribir los cuentos: empezaba uno cuando tenía el tiempo libre, lo abandonaba cuando me sentía cansado o cuando surgía algún proyecto imprevisto, y luego empezaba otro. En poco más d e un año, seis de los dieciocho temas se fueron al cesto de los papeles, y entre ellos el de mis funerales, pues nunca logré que fuera una parranda como la del sueño. Los cuentos restantes, en cambio, parecieron tomar aliento para una larga vida.Ellos son los doce de este libro. En septiembre pasado estaban listos para imprimir después dos años de trabajo intermitente. Y así hubiera terminado su incesante peregrinaje de ida y vuelta al cajón de la basura, de no haber sido porque a última hora me mordió una duda final. Puesto que las distintas ciudades de Europa donde ocurren los cuentos las había descrito de memoria y a distancia, quise comprobar la fidelidad de mis recuerdos casi veinte años después, y emprendí un rápido viaje de reconocimiento a Barcelona, Ginebra, Roma y París.
Ninguna de ellas tenía ya nada que ver con mis recuerdos. Todas, como toda la Europa actual, estaban enrarecidas por una inversión asombrosa: los recuerdos reales me parecían fantasmas de la memoria, mientras los recuerdos falsos eran tan convincentes que habían suplantado a la realidad. De modo que me era imposible distinguir la línea divisoria entre la desilusión y la nostalgia. Fue la solución final. Pues por fin había encontrado la que más me hacía falta para terminar el libro, y que sólo podía dármelo el transcurso de los años; una perspectiva en el tiempo.
A mi regreso de aquel viaje venturoso reescribí todos los cuentos otra vez desde el principio en ocho meses febriles en los que no necesité preguntarme dónde terminaba la vida y dónde empezaba la imaginación, porque me ayudaba la sospecha de que quizás no fuera cierto nada de lo vivido veinte años antes en Europa. La escritura se me hizo entonces tan fluida que a ratos me sentía escribiendo por el puro placer de narrar, que es quizás el estado humano que más se parece a la levitación. Además, trabajando todos los cuentos a la vez y saltando de uno a otro con plena libertad, conseguí una visión panorámica que me salvó del cansancio de los comienzos sucesivos , y me ayudó a cazar redundancias ociosas y contradicciones mortales. Creo haber logrado asi el libro de cuentos mas próximo al que siempre quise escribir. Aquí está, listo para ser llevado a la mesa después de tanto andar del timbo al tambo peleando para sobrevivir a las perversidades de la incertidumbre. Todos los cuentos, salvo los dos primeros fueron terminados al mismo tiempo, y cada uno lleva la fecha en que lo empecé. El orden en que están en esta edición es el que tenían en el cuaderno de notas.
Siempre he creído que toda versión de un cuento es mejor que la anterior. ¿Cómo saber entonces cuál debe ser la última? Es un secreto del oficio que no obedece a las leyes de la inteligencia sino a la magia de los instintos, como sabe la cocinera cuándo está la sopa. De todos modos, por las dudas, no volveré a leerlos, como nunca he vuelto a leer ninguno de mis libros por temor de arrepentirme. El que los lea sabrá qué hacer con ellos. Por fortuna, para estos doce cuentos peregrinos terminar en el cesto de los papeles debe ser como el alivio de volver a casa.
Gabriel García Márquez
Cartagena de Indias, abril, 1992
3 de abril de 2008
Televisión VS: Lectura?
Detrás de todo lector, hay un gran intelectual. Detrás de todo adicto a la TV, hay un vago.
Dejando atrás esos disparates de prejuicio, podríamos hablar de dos medios de comunicación que cumplen tareas diferente, por lo general.
Habitualmente, la televisión no está planeada para enseñar a las masas, ni los grandes libros fueron escritos para divertir a la gente, o como pasatiempo.
Hay una razón básica de ser de ambos medios, que los hace diferentes, con consumidores distintos y hasta se losp uede considerar oximorónicos.
Sin embargo, nuevas visiones educativas han intentado abordar otros medios abarcando otras vías para llegar al que aprende.
Así, la enseñanza ha llegado a ocupar un lugar en la Informática y en la TV. Por ejemplo, para quien tenga la posibilidad de ver TV cable, están los canales como Discóvery Channel, The History Channel, National Geographic, etc.
Entonces, podrá un programa exquisitamente completo del canal The History Channel hacer llegar la misma información que un capítulo de algún libro de Historia?
Quizá en una hora de Discóvery pueda un niño captar el fenómeno de erupción de un volcán del mismo modo que si lo hiciera leyendo su libro de texto escolar de Ciencias Naturales.
DESVETAJAS
En el caso de la novela escrita, las grandes historias relatadas durante siglos, no hay un modo más adecuado de descubrirlas si no es leyendo.
Ahora bien, en custión de años se han empeñado los directores de cine en adaptar a la pantalla grande toda clase de obras literarias, principalmente los grandes clásicos y novelas de todo género.
En ese afán, llevaron al telespectador los diálogos que pudieron (o pueden aún) haber leído en su verdadera fuente: la escrita.
Por más acertada que sea la adaptación, no tiene el mismo efecto que la lectura.
Hablemos de suspenso como de romance; el telespectador no necesita hacer trabajar su mente ni desrrollar su nivel de abstracción como cuando de leer se trata.
Es sabido que el consumo televisivo ha aumentado en la última década, y el poco interés de los estudiantes ha aumentado.
Sólo queda entender las ventajas de leer un libro en lugar de aceptar la historia que se nos muestra gráficamente.
2 de abril de 2008
Edith Piaf: "La Möme" en el cine
Ahora que desapareció el nudo en mi garganta y la angustia, puedo escribir sobre este film.El film trata sobre la vida de la famosa cantante Edith Piaf , interpretada magistralmente por Marion Cotillard, pasando por su desdichada niñez, turbulenta adolescencia y atormentada adultez. La niña de ojos azul intenso y sonrisa clara, débil de salud, es obligada desde su infancia a vivir en diferentes antros nada agradables, pasar de mano en mano, desde su madre, de quien heredó su voz potente y el carisma para cantar, a su padre, un alcohólico que aprovechó el talento de la niña para sobrevivir.

Las escenas de paleta, principalmente en tonos grises, son un manifiesto de lo que la vida le deparó a Edith. Descubierta por un gran productor de obras musicales, pudo avanzar un paso más en la vida, cuando sólo era una adolescente. Como ella misma lo dice, canta como habla, y habla en el lunfardo de los bajos fondos de Francia.
A golpes de vida logra corregir lo que no cabe en una audiencia a la que canta cada noche, logrando espectáculos regidos solamente por su voz: una voz que transmite absolutamente y con una fuerza inigualable lo que canta. No obstante, sus raíces están en los suburbios, junto a una amiga con la que se consideran hermanas, bebiendo desde adolescentes y alguna otra cosa más que luego se haría dañina para su salud.

Lo interesante del film es cómo vamos siendo testigos de los maltratos de la vida hacia Edith, y de sus propios maltratos; de su luz y de sus peores sombras. Una mujer que luego de convertirse en estrella, no dejó de ser "la möme", la de siempre, la escandalosa y divertida, rodeada de gente.
Así vivió, así murió. La historia de su vida no se nos cuenta en forma lineal, sino entrecortada por sus destacables actuaciones musicales.
La tristeza que puede provocar su vida en el espectador, los momentos de emoción, se mezclan con el sabor agridulce de sus canciones: la imponente dulzura de su voz, la amargura de algunas letras que ella misma escogió."La vie en rose", como se tradujo el título en algunos países, es la canción que más brilla en la película; se nos pone la piel de gallina.
El film es progresivamente más intenso, más fuerte y amargo; su deterioro físico y su intransigencia de cantar aún casi doblada por el reuma, parece pensado para que se acaben los kleenex y te quedes lagrimeando y lagrimeando. Es excelente el modo en que trazan el final, sus últimos suspiros de vida, su retrospectiva mental, su conciencia que despierta...
Y la última canción que presenta antes de su muerte: 'No, je ne regrette rien'। हाय कुए एस्कुचार्ला!
No, nada de nada
No, no me arrepiento de nada
Ni el bien que me han hecho, ni el mal
Todo eso me da lo mismo
No, nada de nada
No, no me arrepiento de nada
Está pagado, barrido, olvidado
Me da lo mismo el pasado
Con mis recuerdos
Yo prendí el fuego
Mis tristezas, mis placeres
Ya no tengo necesidad de ellos
Barridos mis amorescon sus trémolos
barridos para siempre
Vuelvo a partir de cero
No, nada de nada
No, no me arrepiento de nada
Ni el bien que me han hecho, ni el mal
Todo eso me da lo mismo
No, nada de nada
No, no me arrepiento de nada
Pues mi vida
mis alegrías
hoycomienzan contigo…
1 de abril de 2008
El Hombre Duplicado, de José Saramago
¿Alguna vez te has cuestionado si existe en el mundo una persona exactamente idéntica a tí, incluso en cicatrices?Esa parece ser la pregunta base de la que parte Saramago para esta novela.
Una narrativa al mejor estilo del autor, de fácil lectura y muy buen gancho.Tertuliano Máximo Alfonso cuenta con treinta y ocho años, una carrera destacada como profesor de Historia y una vida solitaria, tranquila y rutinaria. Lleva una relación casual con una decente mujer, María Paz, con la que no tiene intenciones nada serias, aunque le guarda el mayor respeto.
Un día un colega le recomienda una serie de películas, entre las cuáles se encuentra "Quien no se amaña no se apaña", un título ridículo para nuestro profesor de tendencia intelectualista y nada dado a las comedias. Pero en un tiempo libre, se da la oportunidad de mirar ese film, y, ¡oh sorpresa!, se encuentra a él mismo actuando en la película en un papel insulso, un recepcionista de hotel. Claro que no es tal cual él, sino con un pequeño bigote que podría ser postizo. No obstante, es tanto el parecido, que Máximo Alfonso queda impresionado, y comienza la obsesión de buscar quién es el sujeto que tanto se le parece. A través de una investigación minuciosa, de la cuál sólo somos testigos los lectores y a por medio de una muy original y subjetiva narrativa del autor, el protagonista logra dar con todas las películas en que aparece el sujeto, actor de reparto, que cada vez encuentra más parecido a su persona.
Luego de saber su nombre, Daniel Santa Clara, enviar una carta como supuesto admirador y dar con el teléfono del susodicho, comienza la acción de esta singular historia. Las principales peripecias se encuentran en cómo dar con su "duplicado" sin que se lo confunda con él, pues incluso la esposa de Daniel Santa Clara cree que es su marido y está fingiendo.
Por su parte, Daniel Santa clara no da crédito a lo que ve, no quiere aceptar que haya una copia
exacta de él mismo, y lo toma como algo contra su persona, trastornando a su esposa y a Tertuliano Máximo, que sólo desea comprender lo que parece demasiado para una coincidencia. Inevitable será el enfrentamiento entre ambos hombres, los cuales desean finalmente ser ellos mismos sin dúplica alguna, pues no tiene ni pies ni cabeza andar por el mismo país con el riesgo de encontrarse con alguien mucho más parecido que un gemelo... ¿o sí?
El modo de narrar la historia no tiene igual; Saramago lo hace con una maestría que me dejó pasmada. Una discontinuidad de tiempo y espacio que, sin embargo, no pierde linealidad. ¿Cómo? Hay que leerlo, claro!Para terminar, diré que el final es absolutamente imprevisto, y no lo digo para elogiar a la obra. No te lo esperas!
Finalmente, gracias por leerme.
Y no olviden: sí que vale la pena, y mucho, leerlo.
The Bucket List

FICHA TÉCNICA
Título original: The bucket list
Dirección: Rob Reiner
País: Estados Unidos
Año: 2007
Duración: 97 min.
Género: Comedia dramática
Reparto: Morgan Freeman, Jack Nicholson, Rob Morrow, Sean Hayes, Beverly ToddGuión: Justin Zackham
Distribuidora: Warner Bros. PicturesProductora: Warner Bros Pictures, Zadan/Meron
Diseño de Producción: Bill BrzeskiFotografía: John SchwartzmanMontaje: Robert Leighton
Música: Marc ShaimanProductor: Alan Greisman, Craig Zadan, Neil Meron, Rob Reiner
Vestuario: Molly Maginnis

En la cotidianeidad, comienzan a llevarse mejor estos antítesis de hombres, y así llega a manos de Edward un proyecto que el otro inició pero no tiene intenciones de cumplir: la lista. Una lista de cosas que hacer antes de morir. Edward decide que deben llevar a cabo lo que incluya esa lista, la cual comienza a llenarse a medida que planean su viaje; un viaje con exquisitos rumbos que se nos muestran en su esplendor, como el Taj Majal, las pirámides de Egipto, entre otros. Ahora la lista es su única medicina, cada tacha a un ítem significa que pueden morir más tranquilos.Breakfast at Tiffany´s

La actriz logra darle un vuelco al personaje de tal modo que lo que más nos llegue sea su soledad, sus duras experiencias de vida que justifiquen sus actos ambiguos y muchas veces incomprensibles. De cualquier manera no hay cómo evadir el encanto, la perspicacia y la simpatía de Holly. A estos mismos encantos cae rendido su nuevo vecino, Paul, un escritor en busca de éxito y que lleva una relación con una rica mujer casada que lo mantiene prácticamente (vale aclarar, situación que no le satisface para nada a nuestro Paul). Lo que al principio es una particular amistad, llegará a tocar el corazón de Paul y a perturbar a Holly. Este apuesto escritor que la ha cautivado no puede ir más allá de una amistaad, porque la más grande ambición de Holly es casarse con un millonario que le dé una vida mejor... lo cual es sólo una excusa para no permitirse amar, ser feliz.

